Se conocieron sobre ruedas y cada día a partir de ese momento fueron grandes aventuras, por el simple hecho de hacerlo todo juntas. Patinar se hizo su afición y lo hacían incluso hasta sintiendo que se les salia el corazón.
No tenían limites, aunque no eran grandes profesionales y de vez en cuando veían desde muy cerca el suelo.
Siempre que iban juntas disfrutaban aunque alguna de las dos estuviera muriendo de dolor y cuando no estaban juntas ya no era lo mismo, porque les faltaba esa persona que les diera un pequeño empujón. Solo ellas se entendían porque tenían una amistad que las llevaba a más allá de reír o llorar.
Pero llegaba siempre esa época del año en la que apenas se veían, porque en verano la distancia hacia que no se pudieran ver casi todos los días.
Así que cada noche patinaban entre las nubes, saltaban estrellas y recorrían la luna sobre ruedas, porque la distancia no debía ser un problema, sino que les servia para tener maravillosos sueños.

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