domingo, 29 de enero de 2012

Feliz cumpleaños.


Hoy estarías cumpliendo un año más. Apagando 46 velitas, aunque aparentarías, como siempre, tener 20 años menos. Eras la diosa de la juventud.

Pero ahora ya no puedes abrir algún detalle que te hubiese comprado como regalo. Desde hace 10 años esos regalos se convirtieron en flores.

Espero que te gusten las de hoy.

sábado, 28 de enero de 2012

Arlie y Sthurley

 La ciudad no quedaba lejos, pero había que atravesar un bosque para llegar a las casas antiguas que quedaron de un antiguo pueblo de montaña. Arlie todas las noches atravesaba el bosque para llegar a su casa. Iba tranquila, segura, con decisión y tarareando una canción. Su madre la esperaba en casa, el olor de la cena se olía por todo el bosque, por lo que corría a veces como una loca para llegar a casa. Le gustaba mucho ir tranquila e incluso si era temprano sentarse en el césped del bosque a leer.


No era una chica sociable, tenía pocos amigos, por no decir que solo uno, Sthurley, un chico de un pueblo de las afueras de la ciudad, que jugaba y hablaba con ella todos los sábados cuando su madre compraba en el mercado.

Arlie deseaba durante toda la semana que llagara el sábado. Los dos eran morenos, de ojos verdes, aunque el un poquito más alto que ella, pero parecían hermanos. Arlie tenia 8 años y el 9, los dos se llevaban genial. Se conocieron mientras Sthurley esperaba a su madre hace casi dos años en el bosque, cuando pasó la pequeña Arlie, tropezó con una piedra y él fue a ayudarla. Desde entonces son inseparables.
Llego el sábado. Como siempre ella esperaba enfrente del mercado, y se iban los dos a jugar al bosque. Les gustaba ir corriendo detrás de mariposas, pero sin hacer nunca daño a ningún animal. Pero ese sábado fue diferente. Sthurley no fue y su  madre tampoco. Arlie se enfado y se fue a casa apenada, sin ganas de nada, medio llorando. Espero una semana más. Quizá había caído enfermo y por eso no había ido. Además él sabia donde vivía Arlie, si fuese cualquier otro día a comprar, seguro que la buscaba por la ciudad. Se quedo mas tranquila.

De nuevo paso su semana solitaria, hasta la llegada de ese sábado que ahora más que nunca deseaba con más fuerza. Compró dos piruletas con una moneda que se había encontrado por el camino y esperó escondida detrás de una tienda, para ver como reaccionaba su amigo al ver que ella no estaba. Pero nunca lo pudo ver, no llego ese día tampoco.

Arlie se fue corriendo al bosque, llorando como una loca, no entendía porque su amigo ya no iba a comprar o porque no la buscaba. Se sentó en el césped donde siempre leía, pero esta vez para llorar. Se sentía más sola que nunca, tiro las dos piruletas con rabia hacia una piedra que las hizo añicos.
Una mujer de avanzada edad que pasaba por allí la vio. No quería molestarla, pero no era  normal que una niña de su edad estuviese sola en el bosque llorando. Le preguntó que qué le pasaba. Arlie al ver que era una mujer mayor, educadamente le contestó y le contó lo que le había pasado. Ella le tenia mucho respeto a la gente mayor, porque no conoció a sus abuelos y en el dulce rostro de aquella mujer encontró confianza.

La mujer cuando escucho la historia, le dijo: "Tranquila pequeña, el destino nos hace conocer a gente que luego nos quita tarde o temprano, nada es para siempre. Quizá tu amigo se haya ido a vivir a otra ciudad, nunca pierdas la esperanza de volver a verle alguna vez más. Si un día os encontrasteis por casualidad, quizá en algunos años vuelva a pasar. Durante la vida vamos perdiendo mucha gente a la que cogemos mucho cariño, pero no por eso te debes de desanimar. Eres joven y seguro que tu amigo siempre te recordara y puede que cuando menos te lo esperes venga a buscarte al mismo lugar, por eso no debes llorar, porque si no la ciudad desaparece inundada por tus lagrimas y no te podrá venir a buscar"

Arlie sonrío y desde entonces siempre pasaba aunque solo fuera para echar un vistazo por el mercado. Y cuando veía a la mujer que la aconsejo, Jelis, la acompañaba y ayudaba con las bolsas de la compra, mientras la mujer le contaba historias de su vida, de cuando ella era joven y le daba consejos a la pequeña Arlie, con la que tan identificada se sentía.

lunes, 16 de enero de 2012

Resfriado casi mortal

Eran las 4,30 de la madrugada y parecía que solo hubiesen pasado un par de horas desde que me acosté a las 10. Llevaba un par de semanas resfriada, pero la fiebre siempre aumentaba en horas desesperantes. Yo solo quería descansar, porque así quizá se me curaba todo, pero no podía dormir con treinta y ocho y medio de fiebre.

Quince días constipada, no era normal, me había mirado un tuerto seguro. Apenas podía moverme para buscar las pastillas, ojala uno de los muñecos de la cama pudiese moverse en plan "Toy Story" y buscara las pastillas por mi. Creo que para las próximas navidades pediré eso, pero mientras tanto, seguía como una sonámbula registrando el cajón de la mesita para encontrar algo con tacto a pastilla, eso si ,sin levantarme de la cama, ya que hacia un frío espantoso en esa habitación que parece un congelador en invierno. Al fin las encuentro, no se muy bien como, consigo meterme una en la boca y cojo entonces rápidamente la botella de agua, para poder tragármela mejor. Con unos guiños en la cara, noto como pasa poco a poco, pensando "¿Dios te imaginas que se me va por otro lado, o se queda justo ahí y no pasa?" 

Pensamientos delirantes a las 5 de la mañana, tampoco es de extrañar, y menos con fiebre. Así que intentaba dormir, pero llegaban miles de pensamientos a mi cabeza. Eran como pájaros que venían con una carta, la leías, y antes de que pudieses terminar de darle vueltas al tema, venia otro pájaro, con otra carta, que te hacia olvidar todo lo anterior. Estuve así casi hasta las 6 de la mañana, que escuche la puerta de la calle. Era mi padre que acababa de llegar a casa después de una noche loca de fiesta. Si señor, el a su edad bailando y ligando y yo aquí, enferma, cual vieja tirada en la cama, con pájaros en la cabeza, a base de pastillas, sin poder moverme.... ¿Tendría algún caso raro en el cual  a los 18, fuese como si tuvieses 88?
Era otra rayada mas, así que intente desconectar, no pensar, cerrar los ojos, dejarme llevar por la imaginación, ser feliz aunque solo fuesen 2 minutos, era lo único que pedía para una noche de dolores corporales constantes, respiraciones escasas y sin magia para curarme en un segundo y dejarme como nueva.

Y con este pensamiento último me dormí, soñando con pociones mágicas que curaban el resfriado y te hacían volver de nuevo a la vida, tan feliz como siempre. Pero bueno, aunque no exista esa magnifica poción, en unos días estaré como nueva, y volveré a ver brillar el sol.

domingo, 8 de enero de 2012

Transformice world

Chusta era una ratoncita que llego al mundo unos meses mas tarde que su compañera Yulhiia. Las dos vivían en Transformice, la ciudad de ratones más enorme y bonita de todo el mundo. Allí vivían todos los ratones y jugaban juntos desde pequeños e iban aprendiendo todo lo necesario para la vida: saltar, correr, escalar, y pelear para conseguir quesos y no morir de hambre.

Chusta recién llegada fue acogida en una casita adorable donde viviría con Yulhiia, quien la ayudo en todo para aprender a ser una gran ratona. Yulhiia tenía 9 meses y había aprendido ya bastante, lo suficiente para vivir en una casita cómoda, con dos habitaciones, un salón, una cocina-comedor, una zona de estudio y un jardín con piscina. Las dos ratitas pasaban algunos días allí escuchando música o jugando al escondite con otros que Yulhiia acogía.

Pero lo malo era enfrentarse a la gran ciudad, donde miles de ratones luchaban por sobrevivir, sometiéndose a fuego, hielo, saltando muros enormes de piedra y madera, y lo mas difícil de todo...tenían que pasar por túneles de agua, en el que la mitad de ellos morían ahogados sin poder hacer nada.



Chusta las primeras semanas tenia miedo, era pequeña, indefensa, pero aprendió muy rápido, su amiga estaba muy orgullosa de ella, veía como iba avanzando cada día mas y sentía que la había enseñado bien y podía dejarla sola en la ciudad sin que le pasara nada. 

Pero casi siempre estaban juntas, insultando a otros ratones, bailando, riendo y haciendo nuevos amigos, porque las dos eran las ratonas más guapas y simpáticas. Todos los ratones estaban locos por ellas, por donde pasaban enamoraban. Tenían estilo, elegancia y un movimiento sexy de rabito que a todos hipnotizaba. La mayoría de veces jugaban con los que intentaban coquetear con ellas, aunque a veces Chusta era algo cruel con algunos ratones pesados.

Llego entonces la navidad, y empezó a nevar mucho en la ciudad, Yulhiia tenía pocas defensas, por pasarse el día escalando, intentando pasar el agua helada de invierno o jugando a hacer bolas y muñecos de nieve, así que enfermó. Estuvo 4 días en la cama con fiebre, sola en la casita sin nadie que pudiese cuidar de ella, ya que eran las fiestas y todos estaban celebrando la navidad. Sin comer, sin dormir, sin poder respirar apenas estuvo tapada en su cama, esperando a que alguno de sus amigos fuera a visitarla y la ayudara.

Fue demasiado tarde, muy débil, casi en los huesos, con  los pelos tapándole la carita, encontraron a Yulhiia en el sofá. La llevaron al chaman, para que la reanimase con un par de chispas. Chusta al enterarse fue corriendo, pero ya no la dejaron pasar.  La ciudad de blanca navidad vestía de negro, Yulhiia los había dejado para ir quizá a un lugar mejor, dejando sola para siempre a Chusta, con una notita que dejo en su habitación:

"Todo ratón aprende desde pequeño, es ayudado por los ratones grandes para sobrevivir, después los pequeños somos los que ayudamos, pero todos tenemos que morir. Espero que consigas ser una profesora de ratones perfecta, que cuides la casa y riegues el árbol del jardín, que algún día te cases con un ratoncito y seas feliz, aunque no este yo allí. No estés triste nunca, pues desde las estrellas de Transformice te cuidaré, míralas siempre que salga la Luna y desde allí yo brillaré."