sábado, 28 de enero de 2012

Arlie y Sthurley

 La ciudad no quedaba lejos, pero había que atravesar un bosque para llegar a las casas antiguas que quedaron de un antiguo pueblo de montaña. Arlie todas las noches atravesaba el bosque para llegar a su casa. Iba tranquila, segura, con decisión y tarareando una canción. Su madre la esperaba en casa, el olor de la cena se olía por todo el bosque, por lo que corría a veces como una loca para llegar a casa. Le gustaba mucho ir tranquila e incluso si era temprano sentarse en el césped del bosque a leer.


No era una chica sociable, tenía pocos amigos, por no decir que solo uno, Sthurley, un chico de un pueblo de las afueras de la ciudad, que jugaba y hablaba con ella todos los sábados cuando su madre compraba en el mercado.

Arlie deseaba durante toda la semana que llagara el sábado. Los dos eran morenos, de ojos verdes, aunque el un poquito más alto que ella, pero parecían hermanos. Arlie tenia 8 años y el 9, los dos se llevaban genial. Se conocieron mientras Sthurley esperaba a su madre hace casi dos años en el bosque, cuando pasó la pequeña Arlie, tropezó con una piedra y él fue a ayudarla. Desde entonces son inseparables.
Llego el sábado. Como siempre ella esperaba enfrente del mercado, y se iban los dos a jugar al bosque. Les gustaba ir corriendo detrás de mariposas, pero sin hacer nunca daño a ningún animal. Pero ese sábado fue diferente. Sthurley no fue y su  madre tampoco. Arlie se enfado y se fue a casa apenada, sin ganas de nada, medio llorando. Espero una semana más. Quizá había caído enfermo y por eso no había ido. Además él sabia donde vivía Arlie, si fuese cualquier otro día a comprar, seguro que la buscaba por la ciudad. Se quedo mas tranquila.

De nuevo paso su semana solitaria, hasta la llegada de ese sábado que ahora más que nunca deseaba con más fuerza. Compró dos piruletas con una moneda que se había encontrado por el camino y esperó escondida detrás de una tienda, para ver como reaccionaba su amigo al ver que ella no estaba. Pero nunca lo pudo ver, no llego ese día tampoco.

Arlie se fue corriendo al bosque, llorando como una loca, no entendía porque su amigo ya no iba a comprar o porque no la buscaba. Se sentó en el césped donde siempre leía, pero esta vez para llorar. Se sentía más sola que nunca, tiro las dos piruletas con rabia hacia una piedra que las hizo añicos.
Una mujer de avanzada edad que pasaba por allí la vio. No quería molestarla, pero no era  normal que una niña de su edad estuviese sola en el bosque llorando. Le preguntó que qué le pasaba. Arlie al ver que era una mujer mayor, educadamente le contestó y le contó lo que le había pasado. Ella le tenia mucho respeto a la gente mayor, porque no conoció a sus abuelos y en el dulce rostro de aquella mujer encontró confianza.

La mujer cuando escucho la historia, le dijo: "Tranquila pequeña, el destino nos hace conocer a gente que luego nos quita tarde o temprano, nada es para siempre. Quizá tu amigo se haya ido a vivir a otra ciudad, nunca pierdas la esperanza de volver a verle alguna vez más. Si un día os encontrasteis por casualidad, quizá en algunos años vuelva a pasar. Durante la vida vamos perdiendo mucha gente a la que cogemos mucho cariño, pero no por eso te debes de desanimar. Eres joven y seguro que tu amigo siempre te recordara y puede que cuando menos te lo esperes venga a buscarte al mismo lugar, por eso no debes llorar, porque si no la ciudad desaparece inundada por tus lagrimas y no te podrá venir a buscar"

Arlie sonrío y desde entonces siempre pasaba aunque solo fuera para echar un vistazo por el mercado. Y cuando veía a la mujer que la aconsejo, Jelis, la acompañaba y ayudaba con las bolsas de la compra, mientras la mujer le contaba historias de su vida, de cuando ella era joven y le daba consejos a la pequeña Arlie, con la que tan identificada se sentía.

No hay comentarios:

Publicar un comentario