No suena el despertador. Las 10:30 y ya llego tarde al examen de las 11. El metro no me iba a ayudar. Bajo las escaleras para coger la línea 1, estaba arrancando ya. Cinco minutos más de espera y con los nervios a flor de piel, ya iba a ser imposible llegar al examen.
Siguiente tren, monto en el vagón y me pongo positiva: ¡Vaya mierda de día joder!
Se ríe el chico que va sentado enfrente mía, debe haberme escuchado. Me avergüenzo. Coloretes naturales modo on. El rubito me mira. Iba algo despeinado, quizá al igual que a mí no le había dado tiempo a peinarse.
¡Mierda! Recuerdo que debo llevar pelos de loca. Me paso la mano disimuladamente. Me intento ver reflejada en el cristal de enfrente, pero él es más alto que yo.
Me fijo bien y...¡Qué sexy es!
Me muerdo el labio esperando no haberlo dicho en voz alta. A veces olvido que no estoy sola. Se pone en pie, llegaba su parada, sonríe de nuevo mirándome y me dirige un hasta luego.
¡Oh Dios! ¿Por qué hoy que voy echa una mierda?
Ahora si me veo reflejada en el cristal, parezco un bicho raro. Pero es que ni me había pintado los labios. Pero sigo pensando en positivo: ¡Todo me va a salir mal hoy!
Mi parada. Ni entro a clase, con 30 minutos de retraso quizá Don Manuel hasta con la mirada me fulminaba si intentaba entrar y escusarme.
Bajo un par de calles, dirección a la biblioteca. Tocaba estudiar para el examen de después. Me siento lejos de las ventanas, porque sino sabía que me iba a distraer. De repente me quedo embobada mirando a uno de los ordenadores. Se me cae la botella de agua. ¿Era él? Mi cabeza me estaba jugando una mala pasada.
Abro el libro, me dispongo a leer y me siento observada. ¡Si era él! Vuelve a sonreír. Pensará, al igual que yo, que vaya casualidad estar aquí.
Me levanto para ir al baño. Necesitaba despertar de esta pesadilla. Me miro en el espejo y veo a una tía pálida, despeinada y cabreada por estar allí. Me echo algo de agua fría a la cara y vuelvo a mi sitio.
Encuentro una nota. ¿Habrá sido él? La leo:
Quiero verte sonreír.
Sin quererlo, lo consigue, me hace gracia que haya escrito eso. Lo pillo mirándome y me hace un gesto como si estuviese pensando: eso esta mejor.
Salgo a fumar un pitillo. Ya no recordaba ni que fumaba con tanto estrés. Alguien se acerca a mi. ¿Tienes fuego?
¡Joder! Era él.
Busco en mi bolsillo del pantalón. Se lo ofrezco sin decir nada. Me da las gracias. Sigo fumando. Apago la colilla y le dirijo esta vez yo un hasta luego.
Aprovecho que él sigue fumando y le dejo yo una nota:
Hoy no es mi día. Gracias por hacerme sonreír.
Al entrar, no lee ni la nota, coge sus cosas y se dispone a marcharse. Otra cagada mía más. Lo veo dar la vuelta a la mesa donde yo estoy. Deja las cosas en la silla de al lado y me susurra: ¿Te hace un café?
Asiento con la cabeza, me marcho con él, quizá mi día empezaba a mejorar ahora. Nos presentamos: Alex y Raquel. Me hace reír de nuevo con algunas bromas sobre el azúcar y el café. Estoy nerviosa. Él también. Me miraba cómo nadie me había mirado nunca. Y juro que mis ojeras y mi pelo no me hacían justicia. Pero a mi también me gustaba su pelo loco, sus ojos azulados y su sonrisa.
Al llegar a casa me di cuenta de que había perdido el papel con su número. No podría terminar peor este asqueroso día.
Pero recibo un mensaje antes de irme a dormir, de un número desconocido que me dice:
Espero verte pronto, sin que tengamos un día de mierda.
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