Le dolía todo el cuerpo como si le hubiesen pegado una paliza. Le dolía respirar, bostezar, hablar, reír e incluso beber agua.
Y aunque ella no supiera lo que le pasaba, era muy sencillo: su cuerpo se había relajado por primera vez, estaba quitándose carga y no era dolor lo que sentía, era espacio que se quitaba de su cuerpo y de su corazón de todo lo que tanto le había hecho daño y ahora ya no.

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