martes, 6 de diciembre de 2016

Simplemente felices

Rondaba la gran crisis del año 2040, cuando medio mundo se iba a pique entre guerra y guerra. Los políticos no hacían nada y las personas no tenían nada en que creer, habían perdido la fe y la esperanza. España se encontraba dividida, no existían comunidades autónomas, ni grandes ciudades, todo estaba destruido. Parecía la Guerra Civil Española que narraban los libros de historia. Sin embargo, esta guerra había sido mucho peor, la gente se dejaba matar, no luchaban, porque no habían aprendido ni a usar armas, ni a pelear en combates, solo sabían usar las teclas de los ordenadores o de sus phonLINXs, los teléfonos móviles de última generación, que no les eran útiles en esta ocasión ya que no tenían una aplicación que los transformara en armas.

Aquella guerra les pilló desprevenidos, pese a que todos sabían que iba a llegar. En la televisión y en las redes sociales se publicaba todos los días que "algo horroroso iba a pasar", que "el mundo estaba en peligro" y no iba a ser por algo que ocurriera por contaminación medioambiental, que "la guerra estaba apunto de estallar". Pero nadie hacia caso a aquellos titulares, seguían haciendo sus vidas sedentarias tan normales frente las pantallas planas de todo lo que tenían en casa.

El pueblo de Castillo del Villar, fue el único de España que creó una estrategia. Era un pueblo de pocos habitantes y antes de escuchar la primera bomba caer, supieron que tenían que unir sus fuerzas o morir en el intento, pero que huyendo y de brazos cruzados no conseguirían nada. Se refugiaron todos como pudieron en el antiguo Castillo, que desde los años 90 solo servía como museo. Las mujeres y los niños refugiados en las antiguas celdas y los hombres intentando que aquel lugar se convirtiera en un lugar seguro.


Mientras tanto otras ciudades se llenaban de jóvenes que morían  fotografiando la catástrofe, para intentar hacerse los héroes en sus redes sociales. Los niños morían sepultados sin que los padres recordasen que los dejaban atrás mientras huían en barcos, aviones y coches hacia lugares seguros. Y es que, al parecer, pese a estar informados de que todo el mundo estaba en guerra y no había ningún sitio seguro, preferían creer que las noticias eran mentira y morían intentando escapar de aquella realidad, que les quitaba su caparazón virtual y los dejaba hechos cenizas bajo el mar o en el asfalto de las carreteras.


Tras meses de ríos llenos de sangre, un humilde superviviente del norte vio el agua clara y fue a avisar a los que aún quedaban vivos de su pueblo natal. Cuando les anunció la noticia empezaron a salir bajo tierra, como si de muertos vivientes se trataran, pero ellos estaban más vivos que nunca. Se abrazaron y celebraron que la guerra había terminado. Miraron al cielo gris que dejaba una gran lluvia caer ante ellos y disfrutaron corriendo, bailando y saltando bajo la lluvia.
En Castillo del Villar lo celebraron mucho más, bautizando aquel día como " El día de la lluvia naciente", nombre que poco después copiaron los demás pueblos que habían sobrevivido y convirtiéndolo en la fiesta nacional que celebramos hoy. Gracias a aquella guerra, el mundo abrió los ojos de la gente, la lluvia sanó sus corazones y a las generaciones posteriores nos educaron para cuidar la naturaleza, amar y respetar a todos los seres vivos, y sobre todo, a que no nos importe el dinero, nos importe la vida y no los bienes materiales.

En el pasado lo tuvieron todo y se quedaron sin nada, nosotros ahora, treinta y ocho años más tarde,tenemos más que ellos, porque nos tenemos los unos a los otros y no nos preocupamos por querer demostrar que estamos felices, simplemente lo somos.

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