Tenía poco tiempo para pasar con aquella adorable niña. Él la llamaba "la niña de mis ojos" y es que, cuando estaba junto a ella, no podía dejar de mirarla, de jugar con ella, de ser feliz.
No entendía porque no podía disfrutar más tiempo con ella. Él no quería que se fuera tan lejos, ni quería que pasará con él tan pocos días o semanas.
No quería a ninguna otra mujer tanto como a aquella y lo supo desde que la vió nacer. La adoró y cuidó en la cuna, grabó sus primeros pasos, lloró cuando sus primeras palabras parecían dedicadas a él. La llevaba al parque, a la piscina y a la playa, hasta que un día una denuncia cayó sobre él.
No entendía porque le acusaban. No entendió porque un divorcio tenía que llegar a aquel extremo de intentar arrebatarle su vida, su niña, su adoración.
Así que luchó por ella, porque se dio cuenta de que era lo único que le sacaba una sonrisa hasta el anochecer y que al acostarse en sus sueños aparecía de nuevo hasta el amanecer.
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