Tuvo que andar varios kilómetros hasta encontrar un lugar donde refugiarse. Llovía a mares, nunca había llovido con tanta fuerza en aquella ciudad. Los dioses parecían luchar entre ellos lanzándose truenos y relámpagos iluminando cada rincón de aquel lugar.
El pequeño Danko estaba tan asustado que le temblaba todo el cuerpo, nunca había visto nada parecido, para cruzar las calles incluso tuvo que nadar. Llegó a lo alto de una cuesta, donde parecía que el agua no podía llegar, y allí junto una escalera se tumbó a descasar.
Hacia frío, el agua caía helada y con su pelo mojado le costaba incluso respirar. La tremenda tormenta parecía ir a más, estaba solo y comenzó a aullar.
Apareció como de la nada, mojada, y sin apenas poder caminar, una preciosa gatita. Danko al verla cojear se levantó y la fue a ayudar. La llevó a aquella escalera y vio que estaba muy mal, su patita no paraba de sangrar.
Ni corto ni perezoso, recuperó sus fuerzas y se fue a buscar alguna cosa para poderla tapar. Recordó que no muy lejos había una cabaña y quizá allí pudiera encontrar algo de ropa o incluso comida que le pudiera llevar. Al llegar a aquel tétrico sitio atravesó una alambrada y se enfrentó a grandes zonas de barro que le impedían caminar. Llegó finalmente a la puerta y todo estaba cerrado, no había manera de entrar. De repente, algo blanco parecía balancearse por el viento en la esquina de la casa. Era un viejo mantel blanco, encima de una mesa rota que Danko pudo morder y tirar al suelo. Sabia que iba a llegar mojado hasta donde había dejado a su paciente, pero se embarco en la aventura de vuelta a aquel lugar.
La gatita estaba maullando de dolor sin parar, al llegar Danko como pudo le enrolló la patita en aquel mantel y se tumbó cerca de ella para poderla calentar. Ambos sabían que la tormenta pararía y que si se mantenían juntos no morirían. Sacaron en aquellos momentos tan duros todas sus fuerzas y así lograron vencer la batalla que los dioses habían comenzado y de la cual a nadie podían culpar.
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